viernes, 24 de junio de 2005

Matafuegos.... [mentira].... quizás piedad.

          Tu mano
                          (torpe)
se enrieda en mi mirada
                                        (entre mi pelo).

          Tus ojos
                          (fijos)
desdibujan mi figura.

          Tus besos
gritan un amor de utilería
                                        (con disimulo).

          Tu engaño
sabe que la pasión enciende un fuego
                                        (de matafuegos).

lunes, 20 de junio de 2005

Ella se jactó durante más de 30 años de ser muy afortunada, por muchas cosas que la vida le había brindado, y porque aún nada le había quitado definitivamente.
De todas formas, siempre había sentido que en la noche de navidad faltaban los padres de su padre -que ella nunca conoció-. Era una ausencia que se sentía. Ella había sido nombrada en honor a esa mujer, fuerte, hermosa, sufrida, que dejaba la vida lentamente mientras ella empezaba a vivir la suya. Menos de un mes compartieron el sol y las estrellas. Nunca se conocieron. Su abuela la pudo ver apenas por unas fotos que le tomaron a ella el día que nació. Su única nieta mujer hasta el momento.
La de las navidades era una ausencia que se hacía dolorosa cada vez que se escuchaba Oh Tannenbaum! Ese era el memento de sus abuelos paternos. Eso y el árbol de navidad con velas. Como tradición, ella todos los años prendía una vela por cada uno de los presentes, y una más por los que ya no estaban.
La última navidad fue distinta. Hubo una vela menos en el árbol. Esta vez ya no se pudo jactar de lo generosa que había sido la vida. Esta vez la navidad tuvo un dolor que se hizo agudo, punzante, y húmedo. Mucho más que antes. Ella entendió, en la última navidad, que ya nada iba a ser igual en adelante. Ella entendió que el dolor no se iba a ir, que iba a tener que acostumbrarse, porque no se iba a ir. En año nuevo se escapó. Había llorado tanto esa navidad. No quiso sentir esa ausencia de nuevo, era demasiado. Sabía que nada iba a ser igual, nunca más. Meses después supo que la próxima navidad iba a haber incluso una vela menos en el árbol, y lamentó ese último año nuevo sin compartir. Y supo que cada día del padre, y cada día de la madre, y cada cumpleaños, y cada aniversario ella los iba a extrañar. Y un día cualquiera, haciendo algo que la hiciera recordar, o sencillamente sin hacer nada, ella los iba a extrañar. Y sabía que no podía dejar de jactarse de lo afortunada que era, porque sería injusto. Ella tuvo la oportunidad de amarlos. Quizás no pudo decir todo lo que quería, quizás nunca le hubieran alcanzado los días para compartir con ellos, quizás hubiera querido escuchar un montón de historias más, o un montón de veces más las historias que ya había escuchado. Pero había llegado el momento. Habían llegados los momentos que tanto había temido. Y habían pasado. Y empezaron a llegar esas fechas, en las que antes parecían tantos en la mesa. El útimo día del padre las cosas fueron distintas desde que se sentaron a almorzar. Su sobrinito había decidido que a partir de ese momento él se sentaría en el lugar que había sido de la bisabuela, y le instruyó a su prima que se sentara en el lugar que había sido del bisabuelo. Así fue. Una vez organizada la mesa, los miró a todos y dijo, desde su nuevo lugar, que familia chica que tenemos ahora, y las palabras quedaron suspendidas en el aire. Almorzaron en paz, tratando de acomodarse en la nueva disposición, lo mejor que podían. Era el primer festejo desde que faltaban los dos. Cuándo levantaron las copas para festejar a los tres padres de la mesa -el padre de ella y sus dos hermanos- se escucho la voz entrecortada de su madre diciendo es el primer día del padre que paso sin mi papá, y el aire se volvió a espesar. Y ella supo, otra vez, que el dolor nunca se iba a ir.

Al menos, todavía, no se fue.




martes, 14 de junio de 2005

Cerrado hasta nuevo aviso

Por hibernación de musa....

jueves, 9 de junio de 2005

Nieva copiosamente!!!!

Yo no hago posts personales pero éste es inevitable!

Los copos de nieve que están cayendo son gordos, tupidos.... y caen todos amontonados, formando una cortina blanca en movimiento....
Me fascina la nieve.... en el fondo, yo en parte soy como ella, sólo que no hacía angelitos de chica, ni pienso hacer ni ser uno ahora....
Pero cómo me gusta!!!! Ver nevar me serena el alma, me reconforta, me alegra, me recarga las pilas, me llena de energía, me pone eufórica.... No se si se los pueda explicar, es de esas cosas que se sienten y no se pueden explicar acabadamente....
Ver nevar me apasiona.
Me dan ganas de salir corriendo a la calle, y mirar al cielo (eso sí que es ver nevar....) Pero estoy laburando, así que me conformo con postear esto y tratar de compartir por un momento mi nieve.... (inserte aquí corazoncito latiendo....)

Estoy inmensamente feliz de la vida!

sábado, 4 de junio de 2005

El affaire

Gracias al Dr. Jack
por el frasco de Rivotril.


Ella vació el frasco nuevo de Rivotril en sus manos. Apretó fuerte las pastillas, cerró los ojos e inspiró hondo. Las dejó sobre el edredón blanco. Jugó con ellas un momento. Las acomodó. Las puso una al lado de la otra, haciendo una hilera casi interminable. Las mezcló. Las puso todas separadas, sin que se toquen, con la inscripción hacia arriba. Después comenzó a hacer grupos de a cuatro, formando una flor con cada grupo. Armó doce flores y le sobraron dos. Pensó cuánta falta le hacía una docena de flores. Y qué bellas lucían sobre el edredón! Qué contraste de color.... Pero le molestaban las dos que sobraban. Destapó la botella de agua que tenía en la mesa de luz. Agarró una -de esas dos- y se la tomó. Después tomó la otra. Entonces miró la docena de flores -lamentando desarmar el bouquet- y empezó. Primero el pétalo de abajo de la flor número uno, después el pétalo de abajo de la flor número dos, y así, hasta terminar con todos los pétalos de abajo de las doce flores. Después comenzó con el pétalo de la derecha.... de la flor número uno, de la número dos.... más tarde el pétalo de arriba, flor número uno, flor número dos, hasta terminar con todos los pétalos de arriba. Cuándo sólo quedaban doce, las agarró nuevamente con la mano. Las volvió a apretar. Cerró fuerte los ojos y, esta vez, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Se tomó las doce que quedaban -en un solo trago largo y doloroso- y se acostó en la cama, tapándose con el edredón deshojado.

viernes, 3 de junio de 2005

Clavando el puñal

I

Ella hundió con fuerza el puñal y lo retorció. Pudo sentir a los tejidos, ofreciendo una infinitesimal e infructuosa resistencia, para -inexorablemente- ceder al tajante frío del filo. Ahora podía ver la sangre, mientras asomaba por la hendidura. Espesa, caliente, de un rojo intenso -como encendido-. Sencillamente hermosa, pensó, mientras la miraba correr, con calma. Podía sentir, también, como el puñal se iba entibiando, mientras descansaba entre sus vísceras. La sangre menguó. Entonces retorció el puñal, nuevamente. Otra vez sintió la carne desgarrándose, otra vez la sangre fluyendo a borbotones, otra vez el dolor punzante, profundo, agudo. Otra vez la tibieza.
Disfrutó el momento. Se acomodó -relajada- entre sus sensaciones, y sonrió.
(De más está decirlo.) Ella había elegido ese puñal.



II

-La Secuela-

La tibieza desgarrándose.

El rojo.

Nuevamente se sintió puñal,
                                         tajante, agudo.

La sangre, caliente.
                                         La podía sentir.

Disfrutó sus entonces
-infinitesimal e inexorablemente-
                                         al momento,
mientras descansaba....



III

N. de R.: Y el puñal?

jueves, 2 de junio de 2005

despropósito

cuán inútil es pretender
destilar poesía de la verdad
cuando ésta, brutal
                               y cruda
nos golpea a la cara
soslayándo               con saña
una sonrisa irónica[mente
                                          cruel]